La expedición Malaspina, la bioprospección marina y las patentes

El pasado 14 de julio atracó en el Arsenal de la Armada en Cartagena el Buque Hespérides completando así la primera circunnavegación del océano de un buque español con fines científicos.

Comienza ahora la segunda fase de estudio y trabajo sobre todo el material recogido (5500 GB de datos y más de 70,000 muestras de aire, agua y plancton) y derivar resultados, conclusiones, aplicaciones y, posiblemente, patentes.

Según su página oficial, la Expedición Malaspina2010 es:

un proyecto interdisciplinar del Ministerio de Ciencia e Innovación con una participación destacada de la Armada Española, estructurado en torno a una expedición oceanográfica de circumnavegación a bordo del Buque Oceanográfico Hespérides con el objetivo de generar un inventario coherente y de alta resolución del impacto del cambio global en el ecosistema del océano y explorar su biodiversidad, particularmente en el océano profundo.

Algunas cifras sobre la expedición quizás ayuden a comprender su importancia:

  • 17 millones de euros de coste.
  • 4 Ministerios
  • 36 Instituciones Participantes o Asociadas: 21 españolas (el CSIC, la Armada Española, el IEO,…) y 15 extranjeras, destacando 6 instituciones en EEUU.
  • Cerca de 400 investigadores de 13 países.
  • Más de 120,000 muestras recogidas de atmósfera, agua, gases y plancton
  • 313 puntos de muestreo en los océanos Índicos, Pacífico y Atlántico

El coordinador de la expedición, Carlos Duarte, es co-autor de un artículo publicado en Science el pasado mes de marzo, en el que se propone la creación de un marco internacional en el que los resultados patentables de la exploración marina sirvan “para mejorar la vida de todos y no para generar riqueza a unos pocos”. La propuesta de este artículo fue digerida por los medios, que lo transformaron en “crear un Fondo Marino de patentes que se convierta en patrimonio de la Humanidad“.

El artículo es breve (2 páginas+anexo metodológico) pero sustancioso. Se parte de la constatación del hecho de que el artículo 15 del Protocolo de Nagoya del Convenio sobre la Diversidad Biológica no se aplica a los recursos genéticos marinos que se encuentren en aguas internacionales y que la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar se aplica a los recursos del subsuelo en aguas internacionales, pero no, al menos por el momento, a los recursos genéticos marinos.

Esta desregulación ha fomentado la bioprospección marina, es decir, la búsqueda de micro-organismos con capacidades económicas útiles y el aumento del número de solicitudes reivindicando genes de estos micro-organismos marinos, que podrían ser aplicarse en medicamentos contra el cáncer o el SIDA, así como en la industria alimentaria y en la producción de biocombustibles.

En el artículo se analizan las  “reivindicaciones internacionales validas en todos los países parte de los Acuerdos ADPIC de la OMC y depositadas en la OMPI” entre 1991 y 2009 relacionadas con genes marinos y se comparan con las relacionadas con genes humanos y vegetales. Aunque esto es algo confuso, se entiende que estamos hablando de solicitudes internacionales PCT. Parece conveniente aclarar aquí que la OMC (ADPIC) y la OMPI (PCT) son cosas relacionadas pero distintas e insistir en que no hay patentes internacionales sino solicitudes internacionales de patente.

Origen de PCTs relacionadas con genes marinos, humanos y vegetales

El artículo concluye que en un 90% de los casos la nacionalidad de los solicitantes pertenece a un conjunto de 10 países. Esto no es ninguna sorpresa ya que la nacionalidad de las solicitudes PCT sigue una distribución de Pareto (“vital few and trivial many“) no sólo para los genes marinos sino, en general, para  todos los ámbitos de la técnica.

España aparece en el puesto 15 para genes marinos, empatada con un país tan marino como Austria y doblada cuantitativamente por  Suiza, otro país con tradición oceánica. Por otra parte, la total ausencia en estos resultados de Corea del Sur me provoca ciertas dudas sobre la metodología.

Según el artículo, estos 10 países representan sólo el 20% de las  costas y, a diferencia de la inmensa mayoría de países, tienen acceso a la tecnología necesaria para poder realizar estas exploraciones. Esto contribuirá a aumentar la brecha tecnológica entre los países lo cual requiere de una intervención internacional para corregir esta desigualdad regulando los recursos genéticos marinos y mejorando la capacidad de los países del otro lado de la brecha. En mi opinión, usar el porcentaje de costa como indicador de la justicia del reparto del pastel, estimado en más de 2.400 millones U$, es equivalente a decir que los países de la OPEP son los legitimados moralmente para patentar innovaciones relacionadas con el petroleo.

En cualquier caso, en la actualidad hay un conflicto de intereses entre dos grupos de países: unos, incluyendo a los países en vías de desarrollo, partidarios de que los recursos genéticos marinos de aguas internacionales sean patrimonio de la humanidad y, otros, partidarios de la desregulación y del mantenimiento de la situación actual.

La  Declaración Universal de Naciones Unidas sobre el Genoma Humano  reconoce, en sentido simbólico, al genoma humano como el patrimonio de la humanidad y establece el derecho de acceso a los progresos de la biología, la genética y la medicina en materia de genoma humano, pero todo ello sin perjuicio de lo que establezcan los instrumentos internacionales relacionados las aplicaciones de la genética en la esfera de la propiedad intelectual (explicitamente, el Acuerdo ADPIC de la OMC). Teniendo en cuenta esto, los autores se muestran escépticos sobre la eficacia de una posible proclamación de los recursos genéticos marinos como patrimonio de la humanidad y señala, como opción pragmática, el establecimiento de un pool de patentes que facilite el acceso a los recursos genéticos (humanos, marinos y vegetales) mediante una licencia global gestionada por una autoridad establecida por Naciones Unidas, siguiendo un concepto similar al “Medicines Patent Pool” sobre patentes relacionadas con tratamientos del SIDA creado por UNITAID.

Carlos Duarte dice en una entrevista que “si no los patentamos nosotros, alguien lo haría en nuestro lugar“. Quizás sea un poco inocente por mi parte, pero si de verdad se quiere que los genes marinos sean patrimonio de la humanidad y evitar que se beneficien unos pocos, lo mejor que se puede hacer es publicar todos los resultados en cuanto se tengan disponibles, de manera similar a lo que hizo el Proyecto Genoma Humano con los genes humanos para destruir la novedad de posibles patentes, en su frenética competición con Craig Venter y similares. No obstante, la realidad parece ser que las patentes son necesarias para asegurar la financiación futura del proyecto.

En cualquier caso, el artículo ha tenido cierto calado en las instancias internacionales que se ocupan de estos asuntos. No por casualidad el llamado “Grupo de Trabajo especial oficioso de composición abierta encargado de estudiar las cuestiones relativas a la conservación y el uso sostenible de la diversidad biológica marina fuera de las zonas de jurisdicción nacional” (el nombre es realmente así de largo, oiga) ha recomendado a finales de junio a la Asamblea General de Naciones Unidas que se inicie un proceso para que el marco jurídico internacional aborde, conjuntamente y como un todo, los recursos genéticos marinos, incluidas cuestiones relativas a la participación en los beneficios, la creación de capacidad y la transferencia de tecnología marina.

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